En los últimos años, las redes sociales han cambiado la forma en que los jóvenes se comunican y perciben el mundo. Sin embargo, diversos estudios muestran que el uso excesivo puede generar ansiedad, depresión y baja autoestima. Los estudiantes que se encuentran en una etapa de formación e identidad son uno de los grupos más afectados.
Todo comienza cuando varios estudiantes comentaban sentirse tristes, ansiosos sin entender del por qué muchos coincidían en algo, pasaban gran parte del día conectados a las redes sociales.
La psicóloga Fabiola Hernández Ávila, especialista en salud emocional, explica que cada vez recibe más pacientes con síntomas de ansiedad ya sea ansiedad episódica (miedo a tiempos específicos), ansiedad al exterior (sentirse en otra parte), ansiedad social (miedo intenso a situaciones sociales por temor a ser juzgados), baja autoestima y depresión derivados del uso excesivo de redes sociales. “Las comparaciones constantes y el miedo a no ser suficiente están destruyendo la salud mental de los jóvenes” menciona la especialista.
Casos como este muestran que el problema no solo está en la adicción al celular, sino en cómo las redes sociales se han convertido en una extensión de la identidad, donde los jóvenes miden su valor a partir de la aprobación digital.
Durante la conversación, la especialista explicó que, en su experiencia profesional, el uso constante de redes sociales como Instagram, TikTok o X (antes Twitter) genera en los jóvenes una presión social silenciosa: “no se trata solo de compararse con los demás, sino de sentir que, si no estás conectado, dejas de existir para el resto” señaló.
La psicóloga describió cómo este fenómeno ha incrementado la aparición de trastornos de ansiedad y depresión en los últimos años, incluso en estudiantes que no presentan antecedentes clínicos previos. Según ella, los síntomas suelen iniciar de forma leve: dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño y un constante estado de alerta por revisar notificaciones o mensajes. Con el tiempo, estas conductas pueden derivar en un aislamiento emocional, donde los jóvenes reemplazan las relaciones reales por interacciones digitales superficiales.
La especialista comento que el aislamiento emocional provoca la hiperconexión. Aunque parezca contradictorio, muchos jóvenes pasan más tiempo conectados que acompañados. Fabiola describe casos en los que los estudiantes prefieren quedarse en casa revisando redes antes que salir con amigos o compartir tiempo en familia. “Estamos frente a una generación que se siente sola, incluso estando rodeada de personas”, advierte. Este aislamiento no solo afecta la salud mental, sino también el rendimiento académico, la concentración y las relaciones interpersonales.
Fabiola, también enfatiza en que las redes sociales no son del todo negativas. Desde su punto de vista, el problema no está en la tecnología, sino en el uso que se hace de ella.
Mencionó que, con orientación adecuada, pueden convertirse en herramientas de apoyo emocional y de conexión social saludable. Sin embargo, remarcó que los algoritmos están diseñados para mantener la atención del usuario el mayor tiempo posible, lo que provoca una dependencia psicológica, comparable con una adicción conductual.
En palabras de la psicóloga, “cada ‘like' libera una pequeña dosis de dopamina; es decir una recompensa instantánea que, sin darnos cuenta, condiciona nuestro bienestar”. Esta reflexión permite comprender que las redes no solo modifican el comportamiento, sino también los procesos neuronales del placer y la validación social, afectando la autoestima y la identidad personal.
La psicóloga fue clara en no satanizar el uso de las redes. Reconoció que estas plataformas pueden tener un lado positivo, facilitar la comunicación, el aprendizaje y el acceso a información valiosa.
Lo preocupante, según ella, es el uso sin control y sin conciencia. Por ello, recomienda a los jóvenes establecer límites de tiempo, practicar actividades fuera de línea y aprender a identificar cuando el uso de redes deja de ser una distracción y se convierte en una necesidad emocional.
Muchos estudiantes describen que su día inicia y termina con una pantalla. Al despertar lo primero que hacen es revisar notificaciones y antes de dormir, una última mirada a las redes pareciendo inofensivo.
Este comportamiento tiene efectos claros como la dependencia emocional, pérdida de horas de sueño y disminuye la capacidad de concentración.
Este intento por alcanzar una vida “perfecta” que se ve en pantalla provoca frustración, ansiedad y depresión en quienes no logran cumplir esos estándares irreales menciona el creador Marko.
El 55% de las personas que usan redes sociales en exceso presentan trastornos y dependencia (no pueden estar alejados del celular) menciona noticias cuatro. Esto se respalda a lo que la psicóloga Fabiola mencionó sobre el aumento de consultas psicológicas relacionadas con el uso digital, incluso en adolescentes y jóvenes adultos.
En palabras de la especialista,” El problema no son las redes, sino el vacío que intentamos llenar con ellas”. Como los estudiantes universitarios usan las redes no solo como medio de comunicación, sino como un espacio de búsqueda de identidad, se hace evidente que el impacto de las redes sociales en la salud mental no puede reducirse a algo adictivo tecnológicamente, es un fenómeno emocional y social que refleja las necesidades, inseguridades y aspiraciones de toda una generación.
La psicóloga Fabiola Hernández Ávila añade que uno de los mayores desafíos actuales es que los jóvenes no distinguen entre la vida real y la virtual. “Las redes sociales han difuminado la línea entre lo que somos y lo que mostramos”, mencionó con preocupación. Explica que muchos de sus pacientes universitarios sienten una necesidad constante de documentar su vida, como si cada momento tuviera que validarse a través de una pantalla. Esta exposición continua genera una sensación de vigilancia social, donde cada error o comentario negativo puede convertirse en un motivo de ansiedad o de vergüenza pública.
La comparación es el principal detonante de la frustración en los jóvenes. Al observar vidas irreales en redes, muchos desarrollan pensamientos autocríticos y sentimientos de insuficiencia. “El problema no es ver la felicidad ajena, sino creer que la propia nunca será suficiente”, menciona la especialista. Estos pensamientos, aunque parezcan simples, influyen en la autoestima y pueden derivar en estados de ansiedad crónica o episodios depresivos.
En este sentido, las redes sociales actúan como un escenario emocional, un lugar donde se busca pertenecer, ser aceptado y encontrar sentido. Sin embargo, cuando la interacción se vuelve obsesiva, el equilibrio mental se quiebra. La psicóloga recalcó que uno de los primeros pasos es reconocer la dependencia y establecer límites saludables.
Los jóvenes universitarios viven una relación compleja con las redes sociales. No se trata únicamente de un uso cotidiano o recreativo; para muchos, las plataformas se han convertido en un espacio emocional donde se juega su percepción del mundo y de sí mismos. Los estudiantes están inmersos en una dinámica digital que condiciona su autoestima, su estado de ánimo y, en algunos casos, incluso su seguridad emocional.
Sin embargo, para comprender verdaderamente el impacto en la salud mental, es necesario escuchar una voz más íntima y cercana: la de un estudiante que vive esta realidad desde dentro. Surgió una entrevista clave, una conversación que, aunque difícil, permitió entender el peso silencioso que cargan miles de jóvenes universitarios.
Para proteger su identidad, llamaré Elliott al estudiante entrevistado. Él cursa actualmente el quinto cuatrimestre de su carrera y aceptó hablar conmigo bajo la condición de mantener su nombre real en anonimato. La entrevista no fue sencilla. Por momentos hizo pausas prolongadas y otras veces evitó mirar directamente, como si verbalizar lo que sentía le devolviera recuerdos incómodos.
Comenzó describiendo su rutina, una que, curiosamente, todos hacemos sin darnos cuenta, el día inicia y termina con una pantalla. “A veces me despierto a las 5:30… pero no me levanto. Me quedo viendo el celular. No es que esté buscando algo en específico solo deslizo. Siento que, si no reviso todo desde temprano, me atraso con lo que está pasando”, comentó, casi avergonzado. Muchos jóvenes revisan redes inmediatamente al despertar, afectando sueño, concentración y estabilidad emocional.
Elliott relató que durante su primer año universitario su estado de ánimo cambió sin darse cuenta. Al principio solo eran pequeños detalles: tener miedo de salir de su casa, venir a la universidad por su cuenta, evitar verse en el espejo, molestia cuando un post no tenía suficientes likes, ansiedad al ver historias de compañeros divirtiéndose sin él.
Pero después vinieron síntomas más serios: No controlar el miedo y sentirse observado, insomnio, dificultad para concentrarse en clase, episodios de frustración sin motivo claro. “No sabía por qué me sentía así… solo sabía que algo dentro de mí se rompía cada vez que me comparaba”, añadió.
Su testimonio confirmaba lo que expertos como Marko advertían: que el contenido irreal crea frustración, ansiedad y depresión al no alcanzar esos estándares digitales.
Elliott narró un episodio que marcó el inicio de su deterioro emocional: una noche, un sábado mientras estaba en casa y toda mi familia ya estaba dormida, yo solía dormir como cualquier chico tarde y no sentía el sueño, entonces miraba reels en instagram, pero recibí una notificación que decía que un amigo había subido nuevas fotos. Entró a verlas. Eran imágenes con mi grupo de amigos de la prepa con los que llevaba una relación bastante buena o eso yo pensaba, todos sonriendo en una fiesta a la que nunca fui invitado. “En ese momento algo me atravesó el pecho. No sé si era tristeza, enojo, o miedo… solo sentí que no pertenecía a ningún lado.”
“Esa noche no sabía lo que sentía. Me quede hasta las 3 de la mañana revisando fotos viejas, historias antiguas, comentarios. Mi mente se llenó de pensamientos negativos: “No soy suficiente”, “No encajo”, “Todos avanzan menos yo”.”
Al día siguiente sentí un bloqueo emocional (no sentir ninguna emoción o sentimiento a algo o alguien), sinceramente en ese entonces no recuerdo cuanto tardo en quitarse este bloqueo, pero lo poco que recuerdo si fue un buen tiempo comento Elliott.
Precisamente con el fenómeno del aislamiento emocional que la psicóloga había afirmado: los jóvenes viven hiperconectados, pero profundamente solos, incluso rodeados de personas que piensas que son tus amigos.
Elliott reconoció que empezó a usar las redes como un escape emocional. Cada vez que se sentía ansioso, triste, aburrido y solo recurría al celular. No para hablar con alguien, sino para desconectarse del mundo real. Con el tiempo, su dependencia se hizo evidente: apagaba el celular y minutos después lo encendía “por costumbre”, sin siquiera recordar qué iba a buscar.
“Había días que no quería ir a la universidad. Según yo decía que era por cansancio, pero en realidad era porque me sentía ajeno, además me daba miedo que alguien me viera cansado, triste o diferente a como me comportaba antes. Sentía que tenía que estar a la altura de mi yo de antes pero que ya no podía porque yo mismo lo evitaba.”
Elliott relata que él no le gustaba expresar lo que sentía con las demás personas y lo ocultaba para solo saberlo el mismo. Sentía que si contaba lo sucedido lo iban a tachar de exagerado o raro, entonces el daba otra cara en redes y en la universidad, sin siquiera darse cuenta de que él estaba peleando con el mismo.
Elliott también reconoció algo que muchos jóvenes viven pero rara vez admiten: la doble vida emocional. Una donde aparentan felicidad, energía y seguridad en redes; y otra, silenciosa, donde cargan con miedo, inseguridad y agotamiento mental. “Me di cuenta poco despues de haber platicado con una psicologa, de que yo le tenía miedo al mundo real porque en redes podía controlar lo que mostraba. Afuera, no”.
Con el tiempo, y gracias al apoyo que buscó, logró entender que su malestar no era casualidad. Había una relación directa entre su problema con estar solo, con el consumo de redes sociales y el deterioro de su salud mental. “No todo es culpa de redes, tampoco. Pero sí me hundieron más rápido de lo que pensé”, expresó.
Elliott terminó su relato con una sinceridad que pesaba en el ambiente. No buscaba dar una lección; solo estaba describiendo lo que significa ser joven en una época donde todo se observa, todo se compara y todo se mide. Confesó que, con el tiempo, entendió que su rutina digital no era solo entretenimiento, sino un refugio que lo aislaba de sí mismo. “Lo peor no fue sentirme mal… lo peor fue acostumbrarme a sentirme así”, dijo.
Su historia confirma lo que la psicóloga Fabiola menciona: los jóvenes están librando una batalla invisible, silenciosa, emocional… una batalla que muchos no saben que están viviendo.
La historia de Elliott no es un caso aislado. Es el reflejo de lo que viven miles de jóvenes universitarios que, en medio de problemas familiares, amistades, clases, tareas y responsabilidades, también cargan con una presión emocional constante generada por el uso excesivo de redes sociales. Su testimonio, junto con las observaciones clínicas de la psicóloga Fabiola Hernández Ávila, revela un patrón claro: la vida digital se ha convertido en un espejo distorsionado que condiciona la identidad, la autoestima y la estabilidad emocional de los jóvenes.
Elliott concluye que lo más difícil no fue aceptar que ya no tenía amigos, sino asumir que una parte de su ansiedad y tristeza provenía directamente de el mismo y la forma de ver las cosas por las redes sociales. Su historia no buscó dramatizar, pero sí dejar claro algo que muchos jóvenes viven y pocos se atreven a expresar: las redes pueden convertirse en un lugar donde la mente se desgasta más rápido de lo que el cuerpo puede resistir.
Lo que comenzó como una herramienta de conexión se ha transformado en un entorno emocional que altera la forma en que los estudiantes se perciben a sí mismos y al mundo que los rodea. La comparación constante, la hiperconexión, la exposición permanente y la necesidad de validación digital generan un desgaste que suele pasar desapercibido hasta que se manifiesta en formas de ansiedad, tristeza persistente, frustración o episodios depresivos.
La experiencia de Elliott mostró el rostro humano de este problema: jóvenes que, aun rodeados de personas y comunicación constante, se sienten solos, insuficientes o desconectados de sus propias emociones. Su historia se suma a la de muchos otros jóvenes estudiantes, los cuales coinciden en un mismo punto: el uso excesivo de redes sociales está relacionado con niveles altos de ansiedad y depresión en los jóvenes estudiantes.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de comprender que la forma en que se usa está moldeando silenciosamente el bienestar emocional de toda una generación. Los jóvenes no solo consumen contenido: construyen identidad, buscan aceptación y procesan sus inseguridades dentro de plataformas que, muchas veces, amplifican sus miedos en lugar de aliviarlos.
Esto demuestra que es imprescindible promover educación emocional, límites digitales y espacios de apoyo que permitan a los estudiantes reconocer cuando la conexión deja de ser compañía y empieza a convertirse en una carga. La salud mental no puede seguir siendo negociada a cambio de visibilidad o pertenencia digital.
En la búsqueda desesperada de conexión, los jóvenes han terminado perdiéndose en un mundo que no descansa; por eso, reconocer el impacto del uso excesivo de redes sociales no es solo entender la ansiedad y la depresión, sino recuperar la parte de nosotros que dejamos atrapada dentro de una pantalla porque detrás de cada pantalla hay un joven intentando encontrarse a sí mismo en un mundo que lo observa sin descanso.
