En Tultitlán ya no hay gobierno… hay negocio familiar. Y lo peor: con cargo al bolsillo de la gente.
La dirigente estatal del PRI, Cristina Ruiz Sandoval, soltó lo que muchos en la calle ya dicen sin micrófono: este municipio es el reflejo de cómo Morena gobierna cuando nadie le pone freno—concentrando poder, usando instituciones a modo y dejando a la ciudadanía en segundo plano.

Aquí no hubo “cambio”, hubo herencia. La actual alcaldesa, Ana María Castro Fernández, no llegó sola: viene con el paquete completo de la administración anterior encabezada por su cuñada, Elena García Martínez, hoy diputada local. Mismo grupo, mismos apellidos, mismos vicios.
Y mientras ellos se reparten posiciones, Tultitlán se cae a pedazos.
Porque sí, hay números… y no son cualquier cosa:millones de pesos en operaciones inmobiliarias sin certeza jurídica, contratos inflados a una sola empresa y observaciones federales por irregularidades. Dinero público que simplemente no cuadra.
Por si fuera poco, el descaro: familiares directos dentro del gobierno y operadores políticos reciclados ocupando puestos clave. Aquí la línea entre gobierno y familia ya ni existe… se borró.
Y del otro lado está la realidad que sí duele:
calles destrozadas, colonias sin agua y una inseguridad que tiene a la mayoría viviendo con miedo.
Mientras ellos administran el poder, la gente sobrevive al abandono.

Desde el PRI exigen auditorías a fondo, investigaciones claras y resultados que no sean puro discurso. Pero la pregunta real es otra:
¿Quién le va a poner un alto a este círculo de poder que tiene a Tultitlán atrapado?
Porque una cosa es clara:este municipio no necesita discursos… necesita que le devuelvan lo que le quitaron.

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