Motley al escenario
A las 9:00 PM, las luces comenzaron a apagarse. Los ruidos de fondo que salían del escenario anunciaban que algo estaba a punto de suceder. Entonces, al ritmo de la batería de Tommy Lee, todo el escenario comenzó a flashear con una intensa luz roja.
Y en medio de aquel escenario completamente rojo, de la nada apareció Nikki Sixx, caminando hacia la plataforma mientras tocaba el bajo.
¡Y EL GRITERÍO COMENZÓ!
El rugido de miles de personas fue ensordecedor.
Detrás de él apareció John 5, y ambos comenzaron a ejecutar una especie de coreografía mientras lanzaban poderosos guitarrazos y riffs que hicieron explotar al público.
Entonces llegó el momento que nos hizo perder la cabeza:
¡RED HOT!
La poderosa canción de Shout at the Devil, el clásico disco de 1983, comenzó a sonar. No podíamos creerlo.
¡Los teníamos ahí, enfrente de nosotros!
Después de tantos años escuchando esos discos, viendo fotografías, videos y conciertos, de repente Nikki Sixx y John 5 estaban a unos cuantos metros de donde estábamos parados. Y entonces, desde algún punto del escenario, apareció Vince Neil.


El legendario vocalista de Mötley Crüe lanzó un grito:
—¡ONE, TWO, THREE, FOUR!
¡Y EL ESCENARIO EXPLOTÓ!
Las luces, el sonido y el rugido del público se mezclaron en una sola descarga de adrenalina.
Nikki Sixx y John 5 regresaron al escenario principal mientras Vince Neil quedó en medio de aquel mar rojo, cantando frente a nosotros.
Por un instante parecía que el tiempo había retrocedido.
Ahí estaba Vince Neil, el legendario vocalista de Mötley Crüe, frente a miles de personas, interpretando aquellas canciones que habían acompañado nuestra vida y que alguna vez escuchamos pensando que jamás tendríamos a la banda enfrente.
Vince avanzó hacia la plataforma donde estábamos nosotros.
Y entonces…
LA LOCURA COMENZÓ.
Los gritos se volvieron ensordecedores.
La gente saltaba, levantaba los brazos, cantaba cada palabra y empujaba hacia el frente.
Y nosotros tres, pegados a la barrera, solamente podíamos mirarnos y pensar lo mismo:
¡CABRONES… ESTAMOS AQUÍ!
Mötley Crüe estaba tocando frente a nosotros.
Y la noche apenas comenzaba.*
Para continuar con la avalancha de clásicos llegaron otros himnos como “Louder Than Hell” y “Wild Side”, donde la locura sobre el escenario seguía creciendo. Durante esta última, dos bellas bailarinas y edecanes aparecieron para acompañar a Vince Neil, haciendo también los coros mientras el público no dejaba de cantar y brincar.
Pero entonces, de repente, las luces cambiaron.
Comenzó a sonar la inquietante introducción de “In the Beginning”, aquella grabación polémica que sirve como antesala de uno de los temas más emblemáticos de Mötley Crüe.
El público supo inmediatamente lo que venía.
Y entonces apareció Vince Neil, mientras a su lado surgía Nikki Sixx, golpeando las cuerdas de su bajo.
La gente comenzó a levantar las manos al ritmo de la introducción:
“SHOUT! SHOUT! SHOUT!
SHOUT! SHOUT! SHOUT!”
Y entonces…
¡SHOUT AT THE DEVIL!
¡EXPLOTÓ DE NUEVO EL ESCENARIO!
El clásico de 1983 cayó sobre nosotros como una bomba. Las luces, el sonido, la banda y miles de manos levantadas al mismo tiempo convirtieron aquel momento en una auténtica ceremonia metalera.
El griterío fue todavía mayor.
Ya no estábamos simplemente viendo un concierto.
Estábamos viviendo en carne propia un pedazo de la historia del glam metal.
Y mientras Nikki Sixx golpeaba su bajo y Vince Neil se adueñaba del escenario, una sola certeza recorría nuestras cabezas:
Mötley Crüe estaba ahí. Frente a nosotros. Y nosotros estábamos ahí para verlo.
Looks That kill*
Después siguieron “Too Fast for Love”, que volvió a encender todavía más a la audiencia. Pero entonces llegó el momento que, para mí, hizo que aquella noche se convirtiera en algo épico e inolvidable.
Comenzaron los primeros acordes de la canción que más me gusta de toda la banda angelina:
“LOOKS THAT KILL”.**
Y ahí sucedió algo que todavía me cuesta creer.
Mientras Mötley Crüe descargaba aquel clásico sobre nosotros, Nikki Sixx comenzó a acercarse hacia el lado del escenario donde estábamos nosotros.
Cada vez estaba más cerca.
Hasta que finalmente lo tuve frente a frente.
Por un instante me quedé prácticamente en shock.
Era como tener enfrente a uno de los Reyes Magos del rock. Ese cabrón que durante tantos años había visto solamente a través de videos, fotografías, pósters, portadas de discos y revistas, ahora estaba ahí, en persona, tocando su bajo a unos cuantos metros de mí.
¡TENÍA A NIKKI SIXX ENFRENTE!
No lo podía creer.
Así que hice lo único que podía hacer en ese momento:
—¡HEY, NIKKI!
Y entonces…
¡VOLTEÓ A VERME!
¡NO MAMES!
Ese instante se quedó grabado en mi cabeza.
Nikki Sixx estaba tocando frente a nosotros, disfrutando el momento, moviéndose por aquella parte del escenario mientras nosotros gritábamos como auténticos desquiciados. Y yo no podía dejar de gritar.
¡Y para acabarla de chingar, estaban tocando “Looks That Kill”, una de mis canciones favoritas de Mötley Crüe!
Fue una combinación perfecta.
La música que había escuchado durante tantos años.
El escenario.
La multitud.
Las luces.
Y Nikki Sixx ahí, frente a mí.
Yo admiro muchísimo a ese cabrón, no solamente como músico, sino también como persona. Su historia, su trayectoria y todo lo que representa dentro del rock siempre me han parecido enormes.
Y junto con Tommy Lee, Nikki Sixx es uno de los grandes culpables de que tantos cabrones y cabronas nos hayamos enamorado del GLAM METAL.
Porque eso fue lo que hicieron aquellos hijos de puta:
Nos enseñaron que el rock podía ser peligroso, escandaloso, teatral, sexy, salvaje…
Y absolutamente inolvidable.
Esa noche, mientras Nikki Sixx tocaba “Looks That Kill” prácticamente frente a nosotros, por unos segundos dejé de ser el cabrón que estaba viendo un concierto.
Volví a ser aquel niño que años atrás descubrió a Mötley Crüe a través de una canción, una portada o un video…
Solo que esta vez, el póster había cobrado vida. Y estaba tocando el bajo frente a mí.
Ese momento, definitivamente, me lo voy a llevar para siempre.
Primal Scream*
Y cuando todavía estábamos intentando asimilar lo que acabábamos de vivir con “Looks That Kill”, Mötley Crüe no tenía ninguna intención de darnos descanso. No podían faltar otros clásicos de aquella época dorada, como “Too Young to Fall in Love”, que volvió a hacer cantar y brincar a toda la audiencia.
Pero la fiesta continuó con “Take Me to the Top”.
Desde que comenzó la introducción, la banda hizo aquella clásica coreografía de un lado al otro del escenario, mientras el público seguía sus movimientos y acompañaba cada golpe de la canción. Era imposible quedarse quieto.
Y cuando parecía que ya habíamos llegado al límite…
¡PRIMAL SCREAM!
¡Otra descarga más!
Nikki Sixx subió a la plataforma y comenzó a interactuar directamente con la gente, haciendo que todo el público participara durante la introducción.
Nosotros respondíamos levantando las manos, gritando y siguiendo cada indicación de Nikki.
Era como si la banda hubiera convertido a toda la FENAPO en una gigantesca fiesta de rock.
Nikki Sixx hacía que gritáramos.
Nosotros gritábamos todavía más fuerte.
Y entonces llegó el momento de entrarle a la canción.
¡PRIMAL SCREAM!
El escenario volvió a explotar.
Después de tantos años de escuchar esos discos, aquella noche estábamos viendo en vivo esas mismas canciones que alguna vez solamente pudimos imaginar cómo sonarían frente a miles de personas.
Ahora estaban ahí.
Nikki Sixx, Tommy Lee, Vince Neil y John 5.
Y nosotros, del otro lado de la barrera, gritando como si tuviéramos veinte años otra vez.
Porque eso tiene el rock:
pueden pasar décadas, pero cuando suena la canción correcta, vuelves a ser el mismo cabrón que se enamoró de ella la primera vez.
Home Sweet Home*
Pero entonces llegó uno de los momentos más conmovedores y esperados de toda la noche.
Tommy Lee se sentó frente a un pequeño teclado y, de pronto, las luces cambiaron. El estruendo del concierto se transformó en una atmósfera mucho más íntima. Comenzó a tocar las primeras notas de “Home Sweet Home”.
Y ahí pasó algo increíble.
Miles de voces comenzaron a cantar al unísono. Por unos minutos, ya no éramos solamente una multitud frente a Mötley Crüe: éramos una sola voz. Los coros, los celulares encendidos, las parejas abrazándose y aquella melodía que tantos habíamos escuchado durante años hicieron que el momento se volviera profundamente emotivo.
Fue imposible no cantar. Imposible no recordar. Esa canción, que habla de regresar a casa después de una vida llena de excesos y caminos recorridos, sonaba aquella noche en San Luis Potosí mientras nosotros la cantábamos juntos, como si todos hubiéramos llegado finalmente a nuestro propio hogar.
Pero Mötley Crüe todavía tenía combustible.
Sin darnos demasiado tiempo para recuperarnos, llegó “Smokin’ in the Boys Room”, devolviendo el ambiente fiestero y desmadroso que caracteriza a la banda. La gente volvió a brincar, cantar y levantar los puños.
Y entonces llegó otro clásico que hizo temblar el lugar: “Live Wire”.
La poderosa canción de Too Fast for Love volvió a conectar a la banda con sus raíces más crudas y callejeras. El escenario potosino era nuevamente una auténtica máquina de rock.
Después de semejante descarga, Mötley Crüe finalmente salió del escenario.
Por primera vez en toda la noche, las luces bajaron y la banda desapareció detrás del escenario.
Era el momento de tomar aire.
Pero nosotros sabíamos perfectamente que aquello todavía no había terminado. Porque después de todo lo que habíamos vivido esa noche, una cosa estaba clarísima: Mötley Crüe todavía tenía mucho más que decir.
Girls Girls girls
Y entonces llegó uno de esos momentos que se quedan grabados en la memoria. John 5 tomó el escenario para regalarnos un solo corto, pero absolutamente preciso. No necesitó extenderse demasiado para demostrar por qué es considerado uno de los grandes guitarristas de la historia del rock. Cada nota parecía colocada en su sitio, con una precisión casi quirúrgica. Por momentos, verlo tocar era como estar frente a un Paganini moderno, pero con toda la actitud, potencia y locura del rock. Y como si eso no fuera suficiente, John 5 nos sorprendió interpretando una parte de “El Padrino”, demostrando una vez más que detrás de aquella imagen de guitarrista explosivo existe un músico con una técnica impresionante.
No era casualidad que hubiera pasado por bandas y proyectos como Marilyn Manson y Rob Zombie. John 5 es de esos guitarristas que no solamente tocan: te hacen vibrar. Y tenerlo ahí, a unos cuantos metros de nosotros, haciendo hablar a su guitarra, era simplemente una locura.
Pero la noche todavía tenía más sorpresas.
Cuando comenzó “Girls, Girls, Girls”, volvió a suceder algo que parecía imposible: Nikki Sixx regresó a estar frente a nosotros. El Demonio apareció nuevamente en escena con su bajo, y aquella figura que tantas veces habíamos visto en fotografías, videos y portadas de discos estaba ahora ahí, en vivo, delante de nuestros propios ojos.
Nikki caminaba, tocaba y provocaba al público mientras las luces y el escenario convertían aquella canción en una auténtica celebración del espíritu de Mötley Crüe. Y nosotros seguíamos ahí, pegados a la barrita, viviendo cada segundo.
Era difícil procesar todo lo que estaba ocurriendo.
Después de tantos años de escuchar sus discos, de imaginar cómo sería verlos en vivo y de haber esperado tanto para estar ahí, Mötley Crüe estaba frente a nosotros. Y aquella noche en San Luis Potosí ya había dejado de ser simplemente un concierto.
Se había convertido en una aventura rockera que difícilmente íbamos a olvidar.
Final*
Después vendría otro clásico: “Dr. Feelgood”, aquella canción que a finales de los años 80 marcó una etapa polémica, explosiva y fundamental en la historia de Mötley Crüe. El público volvió a entregarse por completo mientras la banda avanzaba hacia los últimos minutos de aquella noche inolvidable.
Pero entonces llegó el golpe definitivo.
“Kickstart My Heart”.
La canción que parecía hecha para cerrar una noche como aquella. Brutal, poderosa, acelerada y llena de esa energía que solamente Mötley Crüe puede provocar.
Por tercera vez, Mötley Crüe se despedía a lo grande de San Luis Potosí.
Las bellas coristas y bailarinas volvieron a apoderarse del escenario, seduciendo al público con su voz, su presencia y ese encanto que había acompañado buena parte del espectáculo. Y entonces ocurrió algo que para mí tuvo un significado especial.
Nikki Sixx volvió a dirigirse hacia nosotros.
Por tercera ocasión, Nikki SIXX del rock caminaba hacia nuestra zona para despedirse del escenario. Lo teníamos nuevamente frente a nosotros, tocando su bajo mientras miles de personas gritaban a su alrededor.
Y fue ahí, durante “Kickstart My Heart”, cuando simplemente no pude contenerme.
Se me salieron las lágrimas. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de emoción.
Porque en ese instante no solamente estaba viendo a Mötley Crüe tocar una canción. Estaba recordando todo lo que esta banda ha significado para mí a lo largo de mi existencia. Los discos, las canciones, las etapas de mi vida, los momentos buenos, los momentos difíciles y todas esas veces en las que su música estuvo ahí acompañándome.
Y ahora estaba frente a ellos.
Frente a Mötley Crüe.
Después de tantos años.
Después de tantas historias.
Después de haberlos escuchado durante prácticamente toda mi vida.
Qué cierre tan poderoso, carajo.
Al final, los cuatro integrantes de Mötley Crüe se reunieron sobre el escenario junto a las bailarinas para despedirse definitivamente del público potosino.
Ahí estaba Vince Neil.
Ahí estaba Nikki Sixx.
Ahí estaba John 5.
Y, por supuesto, el polémico Tommy Lee, legendario baterista y fundador de la banda, un auténtico desmadre de cabrón que durante toda la noche demostró por qué sigue siendo una de las figuras más impredecibles y carismáticas del rock.
Los cuatro levantaron los brazos mientras el público seguía gritando.
Y entonces Tommy Lee tomó el micrófono y lanzó su despedida:
“MEXICO, MOTHER FUCKERS! WE LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE, LOVE YOU! THANK YOU SO MUCH!”
El rugido de la gente volvió a estremecer el recinto.
Y así, entre gritos, luces, guitarras, lágrimas y miles de voces, Mötley Crüe abandonó finalmente el escenario.
La fiesta había terminado.
Pero la aventura rockera apenas comenzaba a convertirse en recuerdo. Uno de esos recuerdos que, estoy seguro, me acompañará durante el resto de mi vida.
Requiem**
Y así, entre gritos, luces, guitarras, lágrimas y miles de voces, Mötley Crüe abandonó finalmente el escenario.
La fiesta había terminado.
Pero la aventura rockera apenas comenzaba a convertirse en recuerdo. Uno de esos recuerdos que, estoy seguro, me acompañará durante el resto de mi vida.
Para mí, aquel concierto de Mötley Crüe fue algo profundamente significativo y emocional. Cuando salimos del recinto, Alex, Yamil y yo nos encontramos con la feria, con la gente y con las chicas bellas potosinas que apenas iban entrando al show de Gloria Trevi. El contraste era muy interesante: nosotros veníamos saliendo de un concierto de Mötley Crüe, todavía con toda la energía del metal encima, mientras otros apenas comenzaban su propia noche.
Vi chicas hermosas, vi la feria iluminada y vi aquel lugar tan padre, tan bonito, como una auténtica feria de pueblo. Aunque ya era de noche, casi madrugada, el espectáculo continuaba, el ambiente familiar seguía presente y la feria no se detenía. Todo San Luis Potosí parecía seguir despierto.
Después nos dirigimos hacia el autobús. Yo salí completamente quemado de la piel, pero también con una sensación de nostalgia. Pensaba: “Tengo que regresar a mi ciudad. Tengo que volver a la monotonía del Estado de México”. Y eso significaba abandonar un lugar tan bonito como San Luis Potosí.
Sí me dolía. Y vaya que me dolía
Había algo en el ambiente de aquella ciudad, incluso de noche, que me decía: “Quédate. Haz vida aquí”.
Y la verdad es que San Luis Potosí está en otro nivel. No solamente por su calidad de vida, su gastronomía, su gente y todo lo que representa la ciudad, sino también porque es un lugar muy interesante donde, curiosamente, el rock y el metal están de moda. Ven llegar a una banda y la gente de San Luis Potosí lo agradece. Ahí el metal nos abrió los brazos y nos recibió con los brazos abiertos.
Ya de regreso, salimos alrededor de las doce de la madrugada y, curiosamente, llegamos a la Ciudad de México a las cinco de la mañana. Alex, Yamiel y yo nos encontramos nuevamente con las chicas, intercambiamos teléfonos y estuvimos platicando un rato. También andaba por ahí el dueño de Rock Tours, a quien felicitamos por la organización del viaje.
En algún momento preguntó si alguien se animaba a ir a ver a Katy Perry. Yo pensé que no sería una mala idea, pero tenía que trabajar ese día y no podía faltar. Apenas acababa de entrar a Scotiabank y no podía darme el lujo de ausentarme.
Aun así, me quedé con un muy buen sabor de boca de San Luis Potosí.
Después, Alex y yo vimos el amanecer antes de tomar el Suburbano rumbo a Cuautitlán. Terminamos en un puesto de barbacoa, desayunando y echándonos un cigarro. Yo, además, estaba mensajeándome con una amiga. Después de eso, cada quien tomó su camino hacia su casa.
Yo llegué completamente muerto, cayendo como roca, como árbol derribado. Pero la verdad es que el concierto de San Luis Potosí fue una experiencia inolvidable.
Esperemos que el gobernador se siga rifando. Dicen que para el próximo año, el gobernador de San Luis Potosí, que es fanático del metal, quiere traer a Rammstein. También se habla de Metallica, Bon Jovi o quién sabe, hasta los Rolling Stones.
Veamos qué sucede.
POSDATA: ¿Y LOS METALEROS BORRACHOS?**
¿Alguien sabe qué sucedió con los metaleros borrachos de la noche anterior?
Porque yo creo que después de tanto jijijí, jajajá, alcohol y aquella épica guerra de besos entre ellos, terminaron pagando las consecuencias.
Creo que hasta ellos mismos acabaron cayendo muertos.
De regreso en el autobús ya no dijeron ni pío.
Nada.
Silencio absoluto.
Aquellos guerreros del metal que la noche anterior parecían tener energía para conquistar el mundo, ahora iban completamente noqueados, derrotados por el alcohol, el cansancio y quién sabe cuántos besos de guerra.
Y mientras nosotros regresábamos todavía procesando el concierto de Mötley Crüe, ellos probablemente estaban viviendo su propia resaca del apocalipsis.
Fin de la transmisión.
¡LARGA VIDA AL ROCK, CABRONES!

