En un país donde la educación superior es pilar del desarrollo, los profesores universitarios enfrentan un problema. Invierten hasta el triple de su tiempo pagado en preparación, corrección e investigación, para recibir el salarios que apenas las necesidades básicas. El reloj marca las siete y media de la mañana cuando Iris Bravo Martínez enciende su computadora. Es sábado. Mientras la mayoría de las personas se preparan para descansar, ella revisa diapositivas, imprime exámenes y repasa los ejemplos de la clase que impartirá dentro de una hora. Sobre la mesa, hay una libreta con nombres subrayados, tareas pendientes y notas sobre liderazgo organizacional.
“Trabajo por amor al arte”, dice, con una sonrisa que mezcla cansancio y convicción. Iris es docente universitaria desde hace cinco años, aunque su historia con la enseñanza comenzó mucho antes, casi por casualidad. “Nunca imaginé ser maestra recuerda. Cuando era niña jugaba a enseñarles a mis peluches, pero pensé que eso era solo un juego”.
Su camino no empezó en un aula sino en un corporativo. Era administradora de empresas y soñaba con convertirse en ejecutiva. Sin embargo, una oportunidad cambió su destino: una universidad buscaba docentes para cubrir materias en el área de administración. “Fui por curiosidad”, relata. “Me pidieron una clase muestra. No sabía cómo estructurarla, pero por lógica lo hice: introducción, desarrollo, conclusiones. Y quedé contratada”.
Esa clase improvisada fue el inicio de una vocación que marcaría su vida. Durante un tiempo, Iris trabajó en doble jornada: en el corporativo durante el día y en la universidad por las tardes. “Era agotador, pero ver a los jóvenes entender, preguntar y emocionarse me daba energía”, dice. Luego llegaron los cambios personales: el deseo de ser madre, la presión laboral y el cansancio físico la hicieron tomar una decisión radical: renunciar al mundo empresarial y dedicarse por completo a la docencia. Lo que no imaginaba era que enseñar en México podía ser una profesión tan apasionante como precaria.
En México, más de 257 mil personas se dedican a la enseñanza universitaria, según datos del portal Data México (2025). El salario promedio ronda los 10,500 pesos mensuales por 27 horas semanales, una cifra que, a primera vista, podría parecer aceptable. Pero la estadística oculta una verdad incómoda: los docentes universitarios, especialmente los de asignatura, invierten muchas más horas en preparar clases, calificar exámenes, atender tutorías y participar en comités, sin recibir un peso extra por ello.
“Si cuento las horas reales, trabajo más del doble de lo que me pagan”, confiesa Iris. “Me pagan por hora frente a grupo, 120 pesos, pero no por el tiempo que paso planeando, actualizando materiales o leyendo para mejorar mis clases”.
Ese desbalance entre tiempo invertido y retorno económico se repite en todas las universidades del país. El estudio Precariedad laboral y desigualdad salarial entre profesores universitarios. El caso de la UNAM (Solares y Vera, 2023) revela que los profesores de asignatura representan el 70% del personal docente en universidades públicas y cubren más del 78% de las horas de clase, pero solo el 19% tiene estabilidad laboral.
Mientras los profesores de tiempo completo reciben estímulos y beneficios, los de asignatura —como Iris— viven en la cuerda floja: contratos temporales, ausencia de prestaciones y salarios que apenas cubren los gastos básicos. En 2018, sus ingresos anuales promediaban 49,600 pesos, una cifra que contrasta con las casi 80 horas semanales de trabajo total estimado.
“Nos pagan por enseñar, pero no por pensar, preparar o cuidar”, dice Iris. “Y lo más triste es que ya nos parece normal”.
Los sábados, Iris imparte clases de ocho de la mañana a tres de la tarde. Entre semana, encontró otra plaza en una universidad privada donde enseña administración a jóvenes de licenciatura. “Doy tres horas por la mañana y dos por la tarde. Y después me quedo preparando mis clases para el día siguiente. Es como un ciclo infinito”, confiesa mientras ríe con resignación.
Además de enseñar, Iris cumple un rol esencial en casa: es madre, esposa e hija. “Cuando salgo del aula, empieza la otra jornada: cocinar, atender a mi hija, cuidar a mi mamá. A veces siento que el día no alcanza”. A pesar del agotamiento, su motivación no se ha desvanecido. “Lo que me sostiene es la satisfacción de ver a mis alumnos graduarse y agradecerme. Cuando uno de ellos me dice: ‘gracias, maestra, por creer en mí’, siento que mi esfuerzo vale la pena”.
Su historia, sin embargo, no es la excepción. En México y América Latina, la docencia enfrenta un fenómeno llamado intensificación laboral, un proceso que, según el investigador Michael Apple (1995), aumenta las exigencias del trabajo docente sin una compensación proporcional. En Brasil, el 96% de los profesores trabaja más de ocho horas diarias; en México, el número de días lectivos ha pasado de 180 a 200 al año.
Esa sobrecarga se traduce en cansancio crónico, estrés y, sobre todo, en una pérdida de vida personal. Lo que era una vocación se convierte en resistencia. “A veces voy a clase tan cansada que pienso en renunciar —admite Iris—, pero en cuanto empiezo a hablar con mis alumnos, se me olvida todo. Es como si algo se encendiera dentro de mí”.
A unos kilómetros de donde Iris enciende la computadora a las 7:30 de la mañana del sábado, otra docente prepara sus clases con otro ritmo. Por motivos de confidencialidad la llamaremos Sabrina. Tiene más de ocho años impartiendo Derecho, Contabilidad y Psicología en el sector público. Egresada de la Universidad de Cuautitlán Izcalli, su experiencia ofrece un contraste necesario.
Sabrina sonríe tranquila cuando habla de su trabajo. “En el aspecto laboral público en el que me he desempeñado ha sido justo y equitativo de acuerdo a las actividades y encomiendas”, dice. Llega a casa, cierra la puerta del trabajo y se olvida de la escuela. “Primero atiendo a mi hogar y a mi familia. Ya en algún momento determinado me dedico a preparar clases, pero el mayor tiempo lo dedico a mi familia y a mi hogar”.
Sigue la planeación oficial que le da la institución. Cuando tiene libre cátedra complementa con casos prácticos del día a día. Para temas que domina invierte entre 30 y 45 minutos; cuando son nuevos, dedica hasta un día entero para entender, analizar y sintetizar el contenido antes de llevarlo al aula.
“Desde que aceptas este trabajo ya sabes a qué te enfrentas”, explica. “Y a mí me encanta la docencia. Siempre me he caracterizado por dar clases apegadas a la planeación, pero también a sumar a los alumnos en su vida profesional y personal”.
Reconoce que en el sector público el salario está normado por la Ley Federal del Trabajo y resulta más estable. “El sector público es el mejor retribuido toda vez que está normado y establecido en la ley”, afirma. Aun así, admite que el esfuerzo y tiempo invertido son mayores que la retribución económica: “Respecto al esfuerzo y al tiempo invertido es más, y no es tan justo referente a las ganancias”.
Compara a México con países desarrollados —donde los salarios son equitativos y bien retribuidos— y lo equipara con naciones subdesarrolladas: “En países pobres pudiéramos decir que están equiparables con los de nuestro país”. Considera las clases en línea una buena alternativa para quienes no pueden trasladarse físicamente y un apoyo para los autodidactas, pero no las ve como solución mágica al desbalance económico.
Al igual que Iris, el gasto principal del hogar lo cubre su esposo. “La responsabilidad es de mi esposo”, dice con calma. Ella contribuye de manera aleatoria. El problema de fondo no es solo económico, sino también es simbólico. La docencia en México arrastra una desvalorización social que convierte a los maestros en una figura admirada, pero poco reconocida. Según el reportaje Ser maestro en México, entre el desencanto y los bajos salarios, miles de profesores deben buscar trabajos adicionales o extras para subsistir. La falta de estabilidad y la ausencia de reconocimiento desalientan a las nuevas generaciones a seguir esta profesión.
“Yo vivo gracias al sueldo de mi esposo —dice Iris, sin titubear—. Si dependiera solo de lo que gano como maestra, no alcanzaría. Pero no podría dejar esto, porque me da vida”.
Esa pequeña frase resume el dilema de muchos docentes: el equilibrio imposible entre la pasión y la precariedad. “En este país, ningún profesionista gana lo que realmente merece. Y los maestros, menos. Somos quienes formamos a los que sostienen a las empresas, pero no tenemos quién nos sostenga a nosotros”.
Los datos del portal Data México revelan que los hombres en la docencia ganan en promedio $12,200 pesos mensuales, mientras que las mujeres apenas alcanzan $8,780. En entidades como la Ciudad de México o Sinaloa, los salarios pueden duplicarse, pero solo para quienes tienen posgrados y plazas de tiempo completo. En el sector privado, donde trabaja Iris, el pago por hora se mantiene congelado. “No es rentable —reconoce—, pero es lo que amo”.
Un país que educa pero sin compensar. La desigualdad salarial, la sobrecarga y la falta de reconocimiento tienen consecuencias más amplias que las personales: afectan la calidad del aprendizaje, la motivación y el futuro del sistema educativo. La Universidad Iberoamericana advierte que las “malas condiciones laborales de los docentes impactan directamente en el rendimiento y compromiso del estudiantado”.
El bajo retorno económico genera desmotivación y, con el tiempo, un vacío: menos vocaciones, menos continuidad, menos esperanza. Sin embargo, en medio de ese panorama gris, la pasión de docentes como Iris mantiene viva una chispa de fe.
“Me pagan poco, sí —dice—, pero cuando entro al aula, todo cambia. Ahí me transformo. No sé cómo explicarlo. Es mi espacio, mi propósito”.
Su historia no busca lástima, sino comprensión. Iris representa a miles de profesores que enseñan con el corazón, aun cuando el sistema no les devuelve ni el tiempo ni el valor que invierten.
“Dicen que de sueños no se vive —sonríe Iris—, pero hay sueños que alimentan más que el dinero. Y este, el de enseñar, es uno de ellos”.
El reloj marca las siete y media de la noche; Iris aún revisa mensajes de alumnos, ajusta una presentación sobre ética empresarial y piensa en cómo hacer más interactiva la clase del sábado. Mañana será otro día de preparación invisible, de equilibrar la familia con la vocación, de invertir horas que no se cuentan en la nómina. Pero en sus ojos hay una determinación que va más allá del cansancio: “Si los maestros dejamos de creer en lo que hacemos, ¿quién inspirará a las próximas generaciones a soñar en grande?”. Asi es una y otra vez.
Esta pregunta no es solo retórica; es un llamado. En un México donde la educación superior forma a los líderes del mañana, el desbalance entre tiempo y retorno no es solo un problema individual, sino sistémico. Datos de la OCDE muestran que los docentes mexicanos trabajan más horas no remuneradas que sus pares en países desarrollados, con salarios que representan apenas el 60% del promedio de profesionales con educación similar. En la UNAM, el “efecto Mateo” —donde los recursos se concentran en pocos— perpetúa la brecha entre tiempo completo y asignatura, dejando a la mayoría en la precariedad.
Iris representa esa mayoría silenciosa: una docente mujeres que, según Data México, ganan 28% menos que los hombres por el mismo esfuerzo. En el sector privado, donde no hay seguridad social ni incentivos, el pago por hora —como sus 120 pesos— obliga a multiplicar plazas para sobrevivir, robando tiempo a la familia y al descanso. “Equilibrio mi vida con listas y horarios estrictos”, explica, “pero siempre hay algo que se sacrifica”.
Aún así, la esperanza persiste. En cada clase, Iris ve resultados: un alumno que aplica un concepto de administración en su primer empleo, otro que supera el miedo a hablar en público. “Esa retroalimentación es mi verdadero salario”, afirma. Pero, ¿hasta cuándo bastará el “amor al arte” para sostener un sistema educativo entero?
Reformar este desbalance requiere acciones concretas: aumentar el presupuesto para estímulos universales, regular el pago por horas extras en preparación y corrección, y promover la estabilidad laboral para el 81% de docentes sin plaza fija. Solo así, el aula dejará de ser un espacio de sacrificio y se convertirá en uno de verdadero reconocimiento.
Iris apaga la computadora, lista para otro ciclo. “Seguiré mientras pueda”, dice. “Porque enseñar no es solo un trabajo; es el puente hacia un México mejor”. En esa convicción late la esperanza de que, algún día, el tiempo invertido en educar valga tanto como el conocimiento que se forja…
Sabrina se acomoda la blusa, cruza una pierna y sonríe con esa calma que solo da saber que tu plaza está respaldada por la Ley Federal del Trabajo. “Yo elegí esto por la superación personal y el desarrollo profesional”, dice mientras asiente como quien ya se siente orgullosa de haberlo dicho. “Y la verdad es que, en el sector público donde estoy, todo ha sido justo y equitativo con las actividades que me encomiendan”.
Se detiene un segundo, mueve las manos de un lado a otro como quien separa mundos. “Claro, si comparamos con países desarrollados… allá sí pagan bien, justo, de acuerdo a lo que haces. Aquí estamos al nivel de los países subdesarrollados, inclusive pobres. México está equiparable”. Toma la taza de café, abre los ojos grandes, como sorprendida de su propia respuesta cuando le pregunto cuánto tiempo invierte al día. “Depende. Si ya domino el tema, con treinta o cuarenta y cinco minutos tengo: actualizo un par de casos reales y listo. Pero cuando es tema nuevo… uf, me echo un día entero. Primero lo entiendo yo, lo analizo, lo desmenuzo, lo sintetizo… y después se lo doy a los alumnos”. Mueve mucho las manos mientras habla, como si estuviera amasando el conocimiento antes de brindarlo.
Después se ríe bajito, casi con complicidad. “Sí hay diferencia entre los de tiempo completo y los que dan pocas horas. El que tiene tiempo completo prepara más, atiende más grupos, pero también gana más. Y los que tienen pocas horas… bueno, a veces es porque tienen otro trabajo, o porque prefieren estar más en casa con la familia. Cada quien elige”.
Cuando termina una clase se toca el pecho, como si ahí guardara el orgullo. “Me siento satisfecha. Totalmente. Con el contenido y con el tiempo invertido. Porque uno ya sabe a qué se enfrenta cuando acepta esto. A mí me encanta la docencia. Siempre he dado clases no solo para que aprendan la materia, sino para que les sirva en la vida personal también”.
Titubea un poco, se muerde la pluma, piensa. “Sí, el salario no es tan justo ni equitativo al tiempo que uno invierte… el tráfico, la gasolina que gastas para llegar… pero igual me inspira seguir. Me motiva formar profesionistas con valores, con conciencia. Que el país no solo crezca en lo económico, sino en lo humano. Que dejemos de ver todo desde lo materialista y empecemos a sumar como sociedad”.
Al final se suelta más, como quien ya no tiene nada que esconder. “Mira, entre el sector público y el privado hay un mundo. En el público estás normado, estás protegido por la ley. En el privado… solo si eres el dueño o tienes muy buena administración puedes ganar bien. Pero como empleado normal, aunque esté la Ley Federal del Trabajo, las prestaciones nunca son las mismas. Tristemente muy pocos llegan a ser dueños”.
Se despide con una sonrisa ancha, de esas que no necesitan más palabras. “Estoy segura de que el trabajo que uno invierte en los jóvenes está dando frutos”. Y se levanta. Cierra la puerta del salón. Hoy sí se olvida de la escuela hasta mañana. Iris y Sabrina representan los dos lados del sistema educativo superior mexicano: A Iris, profesora de asignatura en privadas: 120 pesos por hora-clase, sin seguridad social, 75-83 horas reales semanales, ingresos combinados que apenas superan los 19 mil pesos mensuales.
Por otro lado, Sabrina, profesora en el sector público: salario normado, prestaciones, capacidad de desconectarse al llegar a casa, retribución que percibe como “justa y equitativa” dentro del contexto mexicano.
Ambas aman la docencia. Ambas reconocen que el esfuerzo y tiempo invertido superan la retribución económica. Ambas dependen del sueldo del esposo para vivir. Ambas siguen enseñando porque, como dice Sabrina, “me encanta la docencia” y, como dice Iris, “cuando entro al aula me transformo”.
Likza Valeria Rodriguez Martinez
